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Efímera, también surcás espuma de papelitos, hilos o filigrana que llamo versos. Tu nombre se me sienta en las cuerdas vocales, las vocales se me tensan, las cuerdas, la espuma, la voz… Si fueras una canción te llamarías mundo.
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Enhorabuena su bretel negro caído como una noche golpeando sobre el fantasma de su voz.
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Llueve. Pero no es otra cosa que agua. Ando soltero de las cosas. Con la alegría hice un paraguas, con la esperanza una gran piedra blanca. Habrá que tallarla despacito, ponerle alma. Ya adivino la forma que tendrá.
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Absorto en un caparazón de molusco. El caparazón se abstrae del oleaje que intenta repararle el bichito ausente. Hay piedritas de novedad en esas olas habladoras. Así, tu no estar es un bichito ausente. Yo caparazono.
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Vengo del país de tus ojos. Lejos de vos, seré un extranjero en cualquier parte.
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En un mar de brazos tendidos a tu lado, los ciclos de la luna papiraban, nubecitas de leche cortada consumían su minuto de fama. A tu lado, la noche, bajo tus lados, la arena. Y en un poema reescrito veintiocho veces yo luchaba por permanecer a tu lado.
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Llama que suelta fugas, enciende palabras ya con ropitas propias, me fuega en rededor, me baila, desprende siluetas de humo claro… Juegan en la noche falsas estrellas: suspiran, vagan, insectan, caen al mar con más vida. Yo hago pájaro en un lugar, divago tejidos, constelo, me esparzo en inestables formas sin nombre.
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En respiración presente –ante el menor esfuerzo de la voz, los ojos, ante un gesto involuntario que se reconoce como repetido-, sentir que uno se ha plagiado.
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Un hombre solo, vastísima región de voces y cencerros, suma fresca de pasiones, acopiadas cifras del dolor, compendio de cosas o memoria, completamente solo. Solo de una soledad que cierra las cortinas, los párpados, que pone los ojos para adentro, que junta las manos sobre los leños encendidos, que deja la cama sin tender. Solo, con la foto de una mujer querida. La voz de esa mujer en el callar de la noche, su callar en la voz abismal de la penumbra.
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Pongo una orilla a mis pies. Contemplo, me contemplo. Soy doblemente principio.
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La vez que te saliste de la foto y quedo un paisaje desabrido en el papel. Cuando te corriste hacia los márgenes para ser luz otra.