lunes, agosto 21, 2006

En la orilla XII

106

Todavía ando con los restos que aprendí. La certeza de la no certeza es menos saludable que la duda. Pero adónde voy disperso, nómada en círculos concéntricos, de la mano de fantasmas que ya eran mancos de antemano.


107

¿Viajás mía por la sideral, la inmensurable? ¿Mía patria sola, pólvora de besos caídos a los pies de tu mirada: la sin palabra? ¿Alas o globo que va dejando lastre en su peregrinación celeste? ¿Mío país tu vientre? ¿Cuándo digo mío ya nada me pertenece?


108

Desnuda.


109

No saldrá de este mar vaca o nautilus o monstruo bicéfalo o mujer desnuda con las tetas del día, por más que mire y mire las olas. No veré Atlantis, Neptuno o Poseidón, y nunca más una sirena.


110

Gaviota, cirro, merluza, escarabajo, gorrión, cangrejo, almeja, mosca, caracol pasan sin saludar; cada cual sumergido en sus cuestiones. Misántropos.


111

De pronto piso la playa antediluviana. Ruido de mis huesos acorde a la circunstancia. Huellas incunables, acólitas moscas en antiguas alas de baño. Sucede lo pasado. Juego a no saberte. Callan los tambores de tu nombre… Creo que soy, por un momento, el que espera lo que no sabe qué espera.


112

Nada por decir, por escribir. Abulia frente a las comas, ante la picazón de espalda, horizontalidad de lombriz, cabeza dentro de un pozo. Todo en no, en nada; anticipos o fetas de muerte. Las alas a los lados de ese caballo, invisibles, fatalmente ausentes. La ventana que hice donde no había casa… Y descubrir que la bolsita que me golpeó la cara, inflada por el viento, ya no tiene su paracaidista.


113

Cielo gris, oscuro, oscuro. Nubes largas delineadas en áspera carbonilla. Mar negro, arena pálida. En gris, en negro y blanco, todo el día frente a mi rostro de aguatinta.


114

De algún modo soy el hombre del dibujo que dibujé de niño. De algún modo soy el niño que dibujaba.


115

El nocturno urde sus piezas desparejas. Soledades arma. Me unce a mis recuerdos hasta que grite. Y en ese desgarramiento quien no sea yo verdaderamente morirá en su cáscara, se lo comerá el tiempo invariablemente.


116

Pinto un ataúd vivo para mi corazón ligero. Mi corazón: oruga que se comió la mariposa que iba a ser.

6 comentarios:

La hormiguita dijo...

Estoy disfrutando de sus escritos. Es un precioso blog.
Saludos.

elyoyin dijo...

felicidades por tus letras

Dilaca dijo...

Y el niño se hizo grande para volver a ser niño... Ahora me explico el lúdico decir de cada cosa. la magia puesta en la pestaña de un día, o dos...

Therese Bovary dijo...

Me inclino ante el texto 116. Mis espinas se caen. Me ha gustado demasiado lo que escribes.
Yo que ahora soy una rosa sangrante, cuánto hubiera dado por ser mariposa.
Buena poesía
Gracias
Therese

Alexis Coald dijo...

En el mar el niño crece cambia no es la oruga que se come al corazón es el poeta que se come al mundo, bello, muy bello.

Te abrazo y leo más

Anónimo dijo...

Me encantó leerte
sos muy creativo

desde graciela abrazo