En la orilla III
16
Único pájaro que nació de pez. Sobrevuela el mar como espada de sol partida en dos. Se sumerge en el horizonte, se moja de crepúsculo, cierra la tarde, apaga el sol. Nada en el aire.
17
Zapatos vuelan. Cruces, tijeras, pararrayos vuelan. Vuelan plumas fuente, Zeus famélico, un antifaz, tres antílopes, un dragón que ama a una sirena, dos remos anclados. Vuela un tridente, un estetoscopio, una bruja en su escoba blanca, dos pañuelitos de novia, la aguja felina de una brújula… Y el papelito donde te dibujé un país vuela como un ave en el día de su cumpleaños. Las aves vuelan como tus manos. Las aves, volando, tienen la forma del adiós.
18
Mi idea de mi corazón no es mi corazón. ¿Qué cosa es darlo? Una mano crispada sobre el pecho: arrancarse un pájaro, un cachorro de tigre de bengala, un bandoneón, un barco.
19
Como dos campanitas, como si nadie sintiera o rumbeara por allí, en su páramo, y nadie halle o busque tus pies en paz sobre las sábanas del día, asomaron grillos de mañana en tus ojos de siesta. A los lados caminaban recuerdos con la mirada baja. Tu cuerpo era humo de la blanca esperanza. Dibujabas en la piel del crepúsculo para que no faltara sol.
20
Barco nocturno que viene desde el horizonte. Trae remolcado al sol para este día.
21
Ninguna pena me desplaza hoy, lunes. Parece que ando concurrido de voces. En el ondular de las frases, fumo la distancia que hay entre un rostro y otro rostro. Soy como un gato crecido en el marco de una ventana. Veo subir la tarde, el vacío.
22
Tus pies en sol ajeno. Tacho días, reúno pedacitos de diálogos, imágenes a punto de caer: mi cerebro es una moviola loca. Y qué haré con mi pobre poesía de perros y de barcos. Ningún verso llega a tus pies en sol ajeno. Ninguno. Te intuyo descalza. Tu pie derecho dice no, pero el izquierdo es un raro signo de interrogación. Lo que contesta el uno, el otro lo pregunta después.
23
Benteveo de la curiosidad. Viene con su condena, su nirvana, su pasaporte al día. Trae ráfagas de lo que no está.
24
Por qué benteveás dando aletazos amarillos a ventanas donde, se sabe, no resguardan sino restos de luz que ya no asombran, silencios que eché a perder cuando te nombraba.
Único pájaro que nació de pez. Sobrevuela el mar como espada de sol partida en dos. Se sumerge en el horizonte, se moja de crepúsculo, cierra la tarde, apaga el sol. Nada en el aire.
17
Zapatos vuelan. Cruces, tijeras, pararrayos vuelan. Vuelan plumas fuente, Zeus famélico, un antifaz, tres antílopes, un dragón que ama a una sirena, dos remos anclados. Vuela un tridente, un estetoscopio, una bruja en su escoba blanca, dos pañuelitos de novia, la aguja felina de una brújula… Y el papelito donde te dibujé un país vuela como un ave en el día de su cumpleaños. Las aves vuelan como tus manos. Las aves, volando, tienen la forma del adiós.
18
Mi idea de mi corazón no es mi corazón. ¿Qué cosa es darlo? Una mano crispada sobre el pecho: arrancarse un pájaro, un cachorro de tigre de bengala, un bandoneón, un barco.
19
Como dos campanitas, como si nadie sintiera o rumbeara por allí, en su páramo, y nadie halle o busque tus pies en paz sobre las sábanas del día, asomaron grillos de mañana en tus ojos de siesta. A los lados caminaban recuerdos con la mirada baja. Tu cuerpo era humo de la blanca esperanza. Dibujabas en la piel del crepúsculo para que no faltara sol.
20
Barco nocturno que viene desde el horizonte. Trae remolcado al sol para este día.
21
Ninguna pena me desplaza hoy, lunes. Parece que ando concurrido de voces. En el ondular de las frases, fumo la distancia que hay entre un rostro y otro rostro. Soy como un gato crecido en el marco de una ventana. Veo subir la tarde, el vacío.
22
Tus pies en sol ajeno. Tacho días, reúno pedacitos de diálogos, imágenes a punto de caer: mi cerebro es una moviola loca. Y qué haré con mi pobre poesía de perros y de barcos. Ningún verso llega a tus pies en sol ajeno. Ninguno. Te intuyo descalza. Tu pie derecho dice no, pero el izquierdo es un raro signo de interrogación. Lo que contesta el uno, el otro lo pregunta después.
23
Benteveo de la curiosidad. Viene con su condena, su nirvana, su pasaporte al día. Trae ráfagas de lo que no está.
24
Por qué benteveás dando aletazos amarillos a ventanas donde, se sabe, no resguardan sino restos de luz que ya no asombran, silencios que eché a perder cuando te nombraba.

